lunes, 18 de junio de 2007

La familia extranjera

Domingo 10 de junio de 2007










Cuatro pinturas de Guillermo Kuitca
De inspiración constructiva, integran el envío argentino
a la 52° Bienal de Venecia.

VENECIA.- Llegar a La Fenice es casi tan fácil como ubicar el puente del Rialto o la Academia. Todo el mundo conoce el divino teatro lírico reconstruido después de un cruel incendio con fondos de benefactores privados globales, incluida la coleccionista argentina Amalia Lacroze de Fortabat. A metros de allí, a tiro de piedra como dicen en el campo, está el Ateneo Veneto, edificio barroco de noble fachada y misterioso interior, donde desde ayer se exhiben las obras de Guillermo Kuitca. Son cuatro trabajos imponentes en los que se reconoce sin ningún esfuerzo de espionaje intelectual la impronta de dos artistas argentinos, por los que Kuitca confiesa veneración: Lucio Fontana y Alfredo Hlito. No en vano la curadora Inés Katzenstein comienza el prólogo del catálogo -casi una tesis, casi un libro- con una cita de Hlito que dice: "Detrás de una obra, sobre todo si ésta se exhibe, está el deseo de ser ejemplar, y para que la obra sea ejemplar debe negar a su autor de la misma medida en que éste se afirma al producirla." Frente a la decisión de encarar un proyecto para el envío argentino a la Bienal de Venecia, Guillermo Kuitca decidió, en la íntima soledad de su casa de Belgrano R, abrir un nuevo capítulo de su historia de artista, que con tan buena estrella comenzó cuando tenía nueve años. Nadie que conozca su obra, y la deliberada cadena de asociaciones que enhebra una serie con otra en la secuencia transparente y perceptible de sus intereses personales, hubiera imaginado estas cuatro telas de memoria cubista. Solemnes en su soporte de cuero negro -"a la manera de un mueble de Jean Michel Frank", dirá oportuno el consejero y comisiario Sergio Baur- se exhiben recortadas contra al fondo de las pinturas barrocas y sobre el plano minimalista de un piso de madera marrón africano, suspendido a 13 centímetros del piso original, obra de los arquitectos Gustavo Vilarinio y Mateo Eiletz para neutralizar la polución visual que provocaba el damero de mármoles del piso original. El Ateneo Veneto fue inaugurado en enero de 1812, según un diseño del arquitecto Alessandro Vittoria, para promover las artes, las ciencias y las letras. Este discreto y elegante centro cultural ambientado por pinturas manieristas goza de un reconocido prestigio en La Serenísima, sin contar con la ubicación estratégica. Mérito doble de la directora de Asuntos Culturales de la Cancillería, embajadora Gloria Raquel Bender, el haber encontrado un espacio tan adecuado para utilizar como el pabellón nacional que no tenemos ni tendremos. Una paradoja más de nuestra errática política cultural, siendo la Argentina el país latinoamericano que tiene más larga historia de envíos nacionales: desde 1901, sin contar los premios obtenidos por Antonio Berni y Julio Le Parc en los gloriosos sesenta. Las ilusiones de tener pabellón están perdidas para siempre porque no queda un espacio libre en los Giardini ni en los Arsenales. El último fue entregado al gobierno chino, que por razones obvias tiene influencia creciente en el ruedo veneciano. El envío argentino es el resultado de un trabajo a dos voces y a larga distancia. Ocurre que la curadora, la ascendente Inés Katzenstein, que integra el staff del Malba, supo que iba a ser madre poco antes de recibir la confianza de Kuitca y de la Cancillería para encarar el ambicioso proyecto curatorial del artista vivo más cotizado de nuestro país. Inés tuvo su hijo León y gracias a la tecnología y a los buenos oficios del aceitado equipo formado por los arquitectos Vilarinio y Eiletz, los comisarios Baur y Parodi, Sonia Becce y la galería Seperone Westwater, representante de Kuitca en Nueva York, se puso en marcha el proyecto de esta "familia extranjera", según la expresión de la curadora, piloteado desde Buenos Aires. Estas obras que tienen el ADN del artista, pero que han nacido en otra parte, vienen de otro lugar y es muy probable que tengan descendencia. A los 46 años, con casi todos los éxitos -profesionales y de mercado- que un artista puede añorar, Kuitca ha dado una gran pirueta en el aire sin negar el origen del cambio en estas obras, que re-visitan a Hlito, admirado desde su primera juventud, y a Fontana, con quien comparte a la distancia esa identidad singular de argentino universal. No en vano, a Fontana los catálogos internacionales lo ubican como "italiano, nacido en Rosario". Siete días atrás, en estas mismas columnas, Marta Nanni, curadora de la muestra Las reglas del juego , selección de obras de Alfredo Hlito en el museo de la Untref, recordaba la obsesión del artista por el plano pictórico, su entrega obsecada, casi irracional, a ciertas reglas del juego propias de la pintura. Resultan reflexiones premonitorias si se contempla la última entrega kuitquiana, solitaria invención de una memoria especular que reivindica la única batalla a la que GK no ha renunciado nunca: el derecho de pintar. En este caso, la acción está planteada por una multiplicidad de líneas cortas que "dividen dos planos refractados y dan la ilusión de plegado prismático sobre un plano". Invadir la tela con líneas rítmicas, con sombras que anticipan otras sombras de profundidad cubista, repite el gesto congelado por Braque o el ruso Rotchenko. El envío toma un nombre histórico en la producción de Kuitca para darle a la "familia extranjera" un apellido conocido: Si yo fuera el invierno mismo . Los cuadros, fechados en 2006, inician una serie llamada Desenlace , con las múltiples interpretaciones que la palabra convoca. Kuitca, hombre discreto por naturaleza, que elude deliberadamente la visibilidad pública, ha vivido en Venecia días de intensa actividad. Sin perder la calma, atento a los detalles mínimos y múltiples que hacen de un proyecto una empresa exitosa, recibió a sus amigos, a críticos, coleccionistas y diplomáticos en la sala del Ateneo Veneto. Nadie lo dijo, pero en los pasillos de la Bienal los rumores vuelan: las cuatro imponentes pinturas del envío argentino tienen asegurado un nuevo destino, y, muy probablemente, éste sea museológico. Por Alicia de Arteaga Enviada especial Hay equipo El envío argentino a la 52° Bienal de Venecia contó con el apoyo de Sperone Westwater, de Nueva York; Houser & Wirth Zurich London, Romikin Chemo SA y Nelly Arrieta de Blaquier. Como parte medular de su objetivo de difusión del arte argentino en el exterior, arteBa Fundación apoyó el envío a la 52° Bienal de Venecia con la publicación del catálogo-libro realizado con el apoyo de Eduardo Elztain, de la Fundacion Irsa. Las obras fueron transportadas por Delmiro Méndez e Hijo, y la producción estuvo a cargo de Jorge Cordonet. El catálogo fue realizado por Diego Bianchi, Gastón Pérsico y Cecilia Szalkowicz, con fotos de Jorge Minio.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Crónicas del exilio


UNA PIEZA DEL CORDOBES ARISTIDES VARGAS

Donde el viento hace buñuelos, que se estrena mañana en el Celcit, ensaya una reflexión sobre el desarraigo. El relato, según su director Carlos Ianni, “reúne poesía y humor, extrañamiento y solidaridad”.
Teresita Galimany, Ianni y Beatriz Dellacasa, actrices y director.
Por Hilda Cabrera
Una nueva obra de sugerente título ocupa la cartelera porteña. Se trata de Donde el viento hace buñuelos, de Arístides Vargas, actor y dramaturgo nacido en Córdoba, llevado de niño a Mendoza y con formación en la disciplina Teatro en la Universidad de Cuyo. Vargas debió exiliarse tras el golpe militar de 1976, primero en Perú, hasta radicarse poco después en Ecuador. Como en Nuestra Señora de las Nubes, espectáculo que se vio temporadas atrás en el Teatro Cervantes por el grupo Malayerba, fundado por este artista en Quito, y en esa oportunidad interpretado por él mismo y la española María del Rosario (Charo) Francés, Donde el viento... desarrolla básicamente los temas de la memoria, el exilio y los afectos, con sus días semejantes a “bahías de aguas profundas donde encallan la belleza y la calamidad”, como escribió el autor. Con diseño de luces y dirección de Carlos Ianni, esta pieza se ofrecerá a partir de mañana en el Celcit, de Bolívar 825, actuada por Beatriz Dellacasa y Teresita Galimany. La primera con trabajos realizados en teatro (entre los recientes, El cristal con que se mira, de Elida Martínez y dirección de Tina Serrano), participaciones en radio (el ciclo Las dos carátulas) y televisión (Soy gitano, Son amores, Verdad consecuencia, Los simuladores, Alta comedia); y Galimany, dedicada totalmente al teatro (también como autora y directora) y con una trayectoria en seminarios y talleres de maestros de nivel internacional. La favoreció, según cuenta, el hecho de residir durante más de una década en Caracas, cuyo festival internacional de teatro fue, sobre todo en los años de prosperidad económica, un valioso referente de la escena del mundo. De ahí derivan en parte las presentaciones de esta actriz en ciudades de Israel y Estados Unidos. En diálogo con Página/12, el director y las intérpretes coinciden en que este trabajo de Vargas –autor de Jardín de pulpos, Pluma, La edad de la ciruela (estrenada con ese nombre en provincias y modificado en la puesta realizada en el Broadway bajo el título de Vino de ciruela), La Fanesca (creación colectiva sobre textos de María Escudero, una de las fundadoras del mítico Libre Teatro Libre de Córdoba) y El deseo más canalla– se emparenta con el llamado “realismo mágico” y con el “no tiempo” característico del mundo de los afectos en el que se encuentran inmersas dos exiliadas. –¿Qué significa aquí ese “no tiempo”?Carlos Ianni: –Son secuencias paralelas al discurrir del tiempo “real”, un mecanismo que en esta obra se convierte en reflexión poética sobre el exilio y la memoria. Teresita Galimany: –Las que cuentan historias son Miranda y Catalina, quienes sostuvieron un vínculo muy fuerte en años de exilio. –¿Experimentaron personalmente el desarraigo?Beatriz Dellacasa: –Yo no, pero puedo presentirlo. T. G.: –Desde 1976 hasta 1991 estuve fuera de la Argentina. Me fui obligada y me quedé en Venezuela, donde experimenté todos los sentimientos que provoca el exilio: los de la soledad pero también los que se relacionan con la amistad. En Caracas estudié con Juan Carlos Gené, otro exiliado. Gené fundó allí el grupo Actoral 80 y tuvo gran influencia en el teatro local. Cuando se vive lejos del propio país, un compañero o un amigo se transforma en el nexo más preciado con lo que, sin quererlo, uno debió abandonar. Cuesta instalarse, hallar un lugar de pertenencia y acostumbrarse a otro acento. –Según Vargas, esta obra surgió de las improvisaciones de dos actrices, la portorriqueña Rosa Luisa Márquez y la española Charo Francés, sobre sus sentimientos de desarraigo y solidaridad. ¿Desde qué lugar abordaron ustedes esos aprendizajes de vida?T. G.: –Trabajamos sobre lo que el autor propone, pero “referenciando” esos sentimientos con lo propio.B. D.: –Yo recurrí a mis impresiones de la época que viví en Córdoba. Muchas veces me sentí fuera de mi lugar: incluso me apodaron “Yaya”, por no pronunciar la “elle”. Lo de siempre: “cabayo” en vez de caballo. C. I.: –Arístides no toma el exilio solamente en sentido literal, sino también en el que indica que alguien está fuera de sí mismo y necesita echar raíces en lo que se presenta como “otro lugar”. En este trabajo la estructura es, como en otras obras suyas, muy fragmentada, pero compuesta por escenas de gran intensidad. El sentimiento de amistad, creo, es uno de los más fuertes. Su escritura tiene sello propio: no se lo puede comparar con ningún otro autor latinoamericano. Conoce a fondo la dramaturgia del actor y elabora con los intérpretes una dialéctica en la que cada secuencia conduce fluidamente a la siguiente. –¿Qué significado le atribuyen al título?C. I.: –Una lectura posible es la que tiene una frase nuestra: “Donde el diablo perdió el poncho”. Otra sería la que señala la transformación de Miranda en un perro al que se llama Buñuelo. T. G.: –Puede ser también ese espacio en el que los personajes dicen aquello que en otro lugar no pueden.C. I.: –O un juego de palabras, porque aparece nombrado el director de cine Luis Buñuel. En la obra todos los elementos se relacionan dialogando entre sí, como la música que fue compuesta especialmente: no ilustra sino que colabora con la intelección del relato, que en Vargas reúne poesía y humor, extrañamiento, solidaridad y formas del exilio, incluido el “exilio de la razón”.